En el Valle del Cauca, tierra de belleza y fertilidad incomparables, se yergue esplendorosa la ciudad de Buga, plena de ese encanto misterioso que conservan las ciudades de genuina estirpe española, recostada muelle-mente sobre las primeras estribaciones de la cordillera Central de los Andes, en la parte en que más se estrecha el Valle. De ahí su posición estratégica, con la mayoría de sus calles trazadas a cordel, atravesada por su río tutelar, denominado antes las Piedras, por las muchas que lleva, y hoy Guadalajara, que baja torrentoso de la cordillera mencionada antes, y se dirige raudo a rendirle el tributo de sus aguas al Cauca, “ Dios de las llanuras”.  Fue ese río el que cautivó al súbdito de su Majestad Británica, el coronel J.P. Hamilton, quien en 1828 visitó nuestra ciudad y afirmó: “… que lo que hace más agradable pasear por las calles de la ciudad es el hermoso río de frescas aguas que descendiendo de la inmediata cordillera endereza su curso hacia el Oriente (SIC)”.

Los ojos de los escritores y cronistas de antaño veían a Buga como una población de matices coloniales, de aspecto conventual, de lo cual algo conserva, poblada como está aún de iglesias y capillas, con la soledad en sus calles en- yerbadas y atravesadas por acequias destapadas.

Algunos como el publicista bugueño Cornelio Hispano afirmaba que para él, Treguier, en el país de Goelo, y Buga, eran las ciudades más poéticas que encontró en sus peregrinaciones, porque en ambas: “… hay vetustas iglesias alrededor de cuyas puertas y ventanas enrejadas los campesinos ven revolotear en forma de golondrinas o gaviotas blancas, las almas de monjes desaparecidos que quieren decir misas, y a la hora del crepúsculo se oyen campanas gemebundas obstinadas en convocar a los oficios divinos a fieles que ya no escuchan”.

Pero al lado de la religiosidad de sus gentes que rezan al Milagroso a todas horas, también ha tenido ella la impronta de la justicia que dimana hasta de los rituales de su fundación y traslado, pues en las palabras que se conservan de este último se lee que los pobladores bugueños de antaño se trasladaron a este valle paradisíaco y en el lugar donde llegaron:“… ponían y pusieron, fijaban y fijaron el rollo donde se ha de ejecutar la real justicia en el medio de dicha plaza”. Así, Buga acogió desde su fundación el ideal de la Justicia y en su plaza central, en austero palacio, actualmente se halla el Tribunal Superior de Distrito Judicial, creado en los albores de la república, el 14 de marzo de 1848, en la presidencia del gran general Tomás Cipriano de Mosquera. Es de las pocas ciudades no capital, que tiene ese privilegio.

Por supuesto que nuestros ojos ahora constatan que si bien quedan restos de esa época y que si a la ciudad bien puede endilgársele el título que le dio Lino Gil Jaramillo de enchapada a la antigua y que: “… conserva aún cierto reposo de matrona castellana”, lo cierto es que el modernismo inevitable ha abierto brechas en sus construcciones y que el cemento y el ladrillo han venido reemplazando las casas de adobe primorosamente enjalbegadas, sus calles están pavimentadas con profusión de automotores y con una verdadera riada de gente, todo lo cual ha venido transformando la antigua ciudad, que ahora tiene barrios nuevos, con nuevas gentes que ya no pueden ser conocidas como antes por los tradicionales transeúntes que deambulan al azar por sus vías. La antigua ciudad callada, ausente, conventual, se ha transformado en una urbe bulliciosa, de vigoroso comercio, de gentes desconocidas que vagan sin destino y las antiguas casas con grandes jardines y con profusión de árboles frutales como naranjos, tamarindos, zapotes, caimitos y nísperos, han desparecido.

Modernas edificaciones se elevan cerca del centro de la ciudad y en sus barrios periféricos. Buga es ya una ciudad con muchos tintes de nueva y el pasado sólo pervive en las gentes que leen historias y leyendas de las gentes antiguas que ahora comienzan a desaparecer. Los medios de transporte, la radio, la televisión, el internet, las computadoras, transformaron a la gente que antaño se recogía temprano en sus casas a rezar el rosario. Quedan sí para el orgullo cívico de los bugueños, edificios como el Teatro Municipal, recientemente restaurado, el llamado Palacio de Justicia, sede de la gobernación efímera, hoy del Tribunal, las iglesias Catedral, Santo Domingo, la Merced, Santa Bárbara, el Divino Niño y la preciosa San Francisco, fuera de la imponente mole de la Basílica Menor del Señor de los Milagros, el canal que sacó el río del centro de la ciudad, el hermoso puente de La Libertad, el elegante Hotel Guadalajara y el viejo edificio del Colegio Académico. Todo ello en contraste con la nueva Terminal de Transporte, el edificio de la Cámara de Comercio, la nuevas sedes de la Alcaldía, del Colegio Académico en el Albergue, del Liceo de los Andes, del ITA y de algunos bancos, el Faro, el Estadio de Fútbol, y las nuevas avenidas a la orilla del río y al norte de la ciudad. No ha tenido un desarrollo vertiginoso, porque conserva mucho de su pasado. En fin, es una ciudad en que lo nuevo y lo viejo se funden. De ahí su mágico encanto.

Jairo a. libreros cáceres